Algún ancestro voló por
la Pampa antes de que un humano pisara siquiera esa tierra. Quizás algún tataratatara abuelo se alimentó de una rata silvestre cerca de lo que hoy se conoce como
el Tigre. Su abuelo vio cómo el cemento crecía y las chapas pintadas de colores vibrantes que lo desconcertaban, retumbaban con los compases de
una milonga de moda. Su padre casi pierde un ala por un petardo disparado en una noche que todo el cielo se vistió de fuego y luces de colores. Su padre también perdió parte del oído derecho por el repique de tambores y
bombas de estruendo.
Él había migrado un poco más cerca de la costa... Aquí donde hay árboles de cemento que llegan más alto que su vuelo. Aquí donde hay orugas gigantes de las que entran y salen humanos como comida o vómito. En esas orugas duras y calientes entran decenas de humanos de todos los géneros y edades. Hay otras más pequeñas que llevan en su interior menos individuos... cuatro o cinco... pero también hay algo más chico que llevan dos o tres humanos. Funcionan como las moscas o los piojos que se pegan al cuerpo de otro animal y viajan de un lugar a otro. A veces algo pasa y orugas y piojos humanos caen desarmados por ese pasto gris duro y todos dejan de moverse. Pero a él solo le molestaban el aullido de esas orugas. Durante el día se escuchaban a largos metros de distancia y creo que él había perdido parte de la audición como su padre por ese sonido.

Su plumaje había perdido brillo. Se volvió más gris y marrón opaco para camuflarse entre esos gigantes árboles que llegaban al cielo. Eran tan duros como el pasto gris y al igual que él no parecían crecer. Se parecían a rocas pero eran más porosas y débiles.
Los humanos vivían en esos árboles, pero él no entendía. Eran calurosos en verano y fríos en invierno ... Por eso construyeron fuentes de viento y de calor que colgaban de los árboles grises. Esas fuentes eran peligrosas para las aves como él. Uno de sus hermanos se quemó una pata por apoyarse en una de ella y otro, que había hecho su nido durante el invierno sobre una de esas cosas blancas, fue echado a escobazos y toda su prole se perdió ese año.
También perdía más plumas que su padre y su abuelo. Reconocía que hacía más calor y que si esto seguía él debería migrar también más al sur.
Sin embargo, cada vez era más fácil comer. Las ratas y palomitas invadían este espacio. Eran tantas que muchas veces salían a la superficie con muy poco cuidado. Uno de su bandada estaba siempre sobre un ombú muy grande (uno de los pocos árboles verdes que quedaban en este lugar) Se escondía entre las ramas y comía varias veces al día... no solo por la tarde. Incluso, para divertirse se posaba sobre un cartel que decía "Hipólito Irigoyen y Luis Saenz Peña" bien a la vista y las ratas igual salían... Así que podía comer sin problema.

Él prefería los techos de los árboles grises. Eran lisos y era fácil camuflarse. Además allí los humanos no lo molestaban. Al del ombú más de una vez lo habían golpeado con palos o piedras. Allí arriba, había huecos para anidar que, de por sí solos atraían lauchitas y ratas. Con su compañera habían perdido algunos huevos... por el calor excesivo y por los mismos animales que después serían su cena. También habían tenido varios pichones, muchos de los cuales sobrevivieron y migraron a otros árboles grises... Alguno llegó a una zona más verde que otros

Quizás algún día vuelva a volar sobre pasto realmente verde... entre copas de árboles y no de edificios. Quizás en un futuro, alguno de sus pichones pueda alimentarse de ratas de campo y no de las que tienen un banquete con la basura. Quizás llegue a posarse en una rama diferente a la reseca que nace de una grieta en el techo de Maluco y pueda beber agua de un arroyo o de un río y no, de la acumulada en las damajuanas olvidadas de un rincón. Mientras tanto esta vecina porteña seguirá admirándose en el atardecer de que un ave de su porte vuele por el Microcentro porteño.

Mientras tanto, esta vecina porteña, seguira separando residuos y evitando usar bolsas de plástico. Evitará los colectivos e intenntará caminar siempre que pueda. Para quizás algún día cruzarse a su amigo aguilucho en su hábitat natural y no en la City.
Maloserá, gente! Maloserá!